La IA acelera el trabajo: cómo evitar que también agote tu mente
En una misma hora podemos pedirle a la inteligencia artificial que resuma una reunión, prepare una presentación, compare propuestas y redacte un correo. Mientras produce sus respuestas, revisamos mensajes, abrimos otro documento y quizás iniciamos una tarea más. Al final del día hicimos muchas cosas. Sin embargo, no siempre sentimos que trabajamos con mayor claridad. A veces ocurre lo contrario: terminamos con la mente llena de asuntos abiertos, decisiones pendientes y una extraña sensación de cansancio.
La promesa de la IA de ahorrarnos tiempo no es falsa, pero sí incompleta. Investigaciones recientes muestran una paradoja: al permitir hacer más en menos tiempo, también puede multiplicar las tareas abiertas y el esfuerzo necesario para supervisarlas.
El cuello de botella se desplazó. Antes ocupábamos gran parte de nuestro tiempo en producir. Ahora podemos producir más rápido, pero debemos supervisar más. Y cada nueva ventana abierta reclama una porción de nuestra atención.
Al multiplicarse los frentes, también aumentan los cambios de foco. Y ahí aparece el llamado residuo atencional: cuando cambiamos de una tarea a otra, una parte de nuestra atención permanece “enganchada” en la anterior, especialmente si quedó inconclusa. El cuerpo está en la nueva reunión; la mente, en cambio, sigue corrigiendo el informe, anticipando una respuesta o recordando lo que falta. Cambiar rápidamente de foco puede darnos una sensación de velocidad, sin que exista verdadera presencia.
Este costo no se expresa solo en productividad. También aparece en la calidad de nuestras decisiones y relaciones. Un líder puede estar escuchando a un colaborador mientras revisa mentalmente otra conversación; puede responder con rapidez sin haber advertido su irritación, su apuro o sus propios supuestos. La fragmentación de la atención no solo retrasa: también modifica cómo percibimos y respondemos.
En este escenario, la capacidad más valiosa quizá no sea hacer todavía más, sino reconocer dónde está nuestra atención y decidir conscientemente dónde necesitamos ponerla. Aquí el entrenamiento de la atención puede hacer una diferencia concreta. No se trata de desconectarnos de la tecnología ni de trabajar más lento. Se trata de desarrollar la habilidad de notar cuándo nuestra atención se dispersó, soltar por un momento lo anterior y volver deliberadamente a la tarea o a la persona que tenemos delante.
Una práctica sencilla consiste en crear una breve transición antes de cambiar de actividad. Detente durante un minuto. Anota el próximo paso de lo que estás dejando, para que tu mente no necesite seguir recordándolo. Cierra las ventanas que ya no usarás. Siente el cuerpo y haz una respiración consciente. Luego pregúntate: ¿qué requiere ahora mi atención?
La IA seguirá acelerando el trabajo. Nuestra capacidad de atención, probablemente, no crecerá al mismo ritmo. Y quizás ahí esté una de las grandes paradojas del trabajo que viene: cuanto más puedan hacer las máquinas, más importante será aprender a elegir qué merece realmente nuestra atención. Ese es el entrenamiento mental que esta nueva forma de trabajar empieza a exigirnos.
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Verónica Riera
Coach Mental Fitness Scaling