Yo quería más: Lincolao y la ambición que define a los grandes líderes

Hace un tiempo asistí a una exposición de la ministra chilena Ciencias y Tecnología, Ximena Lincolao. Me esperaba una presentación técnica. Lo que encontré fue algo distinto: la historia de una mujer que creció en un liceo de niñas de Maipú, se abrió paso en Estados Unidos, fundó y vendió una compañía innovadora,  y llegó a uno de los cargos de innovación más altos del país. Una frase me quedó pegada: ‘Yo quería más’.

Más allá de la lectura política sobre su gestión, lo que escuché fue el relato de algo que he visto en los líderes empresariales que más admiro: el hambre como motor.

Patrick Lencioni, en su libro Las tres virtudes de un jugador de equipo, describe el perfil del colaborador ideal como aquel que reúne tres atributos: hambre por crecer e impactar, humildad para priorizar la ganancia colectiva por sobre la individual, e inteligencia con las personas. Los tres son necesarios. Pero el hambre es el que enciende todo lo demás. Sin ella, los otros dos atributos no van a ningún lado. Lincolao, por lo que mostró ese día, tiene hambre de sobra. Si tiene también los otros dos atributos, eso está por verse. Y será la prueba real de su liderazgo.

En las empresas ocurre lo mismo. Bill Campbell, el coach que acompañó a los fundadores de Google y cuya historia cuenta el libro Trillion Dollar Coach, le preguntó alguna vez a Larry Page si quería llegar a facturar cien millones de dólares. Page respondió que quería llegar a mil millones. Campbell no lo corrigió: lo alentó. Esa ambición sin techo fue parte del combustible que convirtió a Google en lo que es. Elon Musk se propuso cambiar la matriz energética del planeta con Tesla y llegar a Marte con SpaceX. Se puede discutir su estilo de liderazgo, pero no la magnitud de lo que se propuso.

Jim Collins estudió durante años qué tenían en común las empresas que pasaron de buenas a extraordinarias. Una constante: todas tenían una BHAG, una meta ambiciosa, audaz y espeluznante. No una proyección financiera. Una imagen del futuro tan grande que organizaba la energía de toda la organización y atraía a personas que querían ser parte de algo que valiera la pena.

En mi trabajo con gerentes generales, noto que muchos operan sin ese norte. Tienen metas anuales, tienen presupuesto, tienen indicadores. Pero no tienen la imagen de un futuro que los quite del sueño. Y sin eso, la organización avanza, pero no vuela.

Hace poco, alcaldes de vereda opuesta en Chile se sentaron a construir una agenda común de siete puntos. Reconocieron algo que en las empresas también es cierto: ponerse de acuerdo en la contingencia es difícil, pero hacerlo en torno a una mirada a veinte o treinta años es más natural. Una meta grande une donde las metas pequeñas dividen.

¿Tiene tu organización una BHAG? ¿Hay algo que te quite el sueño por su audacia, no por su urgencia?

Lincolao dijo ‘yo quería más’. La pregunta para el líder empresarial no es si eso es posible. Es si se atreve a decirlo.

                                              Alfonso Mujica

                                        Founder Coach de Scaling

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