¿Cómo escalar Chile?
Si el Presidente me pidiera una propuesta para escalar el país, aceptaría el desafío. No porque escalar países sea mi especialidad, sino porque los principios que hacen crecer a una organización aplican —con las debidas diferencias— a sistemas más grandes. Pues al final las organizaciones están compuestas por “personas organizadas con un propósito común”.
Partiría por algo poco habitual en la política: un diagnóstico íntimo y honesto. No desde la tribuna, sino escuchando a los líderes del país más allá de lo que declaran en público. Lo estructuraría con tres preguntas simples, pero exigentes:
1- ¿Qué debemos empezar a hacer que hoy no estamos haciendo y es clave para el desarrollo del país?
2- ¿Qué debemos dejar de hacer porque nos distrae y consume energía?
3- ¿Qué estamos haciendo bien y debemos mantener?
Estas preguntas separan los juicios y diagnósticos y privilegian la acción. Además, permiten separar opiniones de decisiones y, sobre todo, medir el nivel real de alineamiento entre quienes lideran.
Con ese diagnóstico, el siguiente paso es crítico: definir roles con precisión. Crecer sin claridad de roles es avanzar hacia el caos. Aunque la Constitución delimita atribuciones, no siempre define con nitidez la función real de cada actor ni cómo se mide su contribución.
Propondría explicitar el rol del Presidente, sus ministros, los liderazgos del Congreso, del Poder Judicial y de otras instituciones clave, junto con indicadores de resultado y predictivos. Sin métricas, no hay gestión. Y sin gestión, no hay escala.
La labor del mandatario se asemeja más al de quien lidera una organización compleja: por lo mismo, no es ni simple ni evidente asignarle un único indicador de resultado.
Su responsabilidad principal no es ejecutar cada tarea, sino asegurar que los roles estén claramente definidos y que cada actor cumpla el suyo a cabalidad. También le corresponde generar las instancias, los espacios y los ritos que permitan que un resultado colectivo emerja del esfuerzo individual de cada líder.
En este sentido, su rol se parece más al de un jardinero que al de un constructor: no produce directamente el crecimiento, pero sí crea las condiciones para que este ocurra. Gobernar, entonces, no es forzar el desarrollo del país, sino habilitar el contexto para que múltiples liderazgos —diversos, autónomos y complementarios— puedan desplegarse plenamente y, en conjunto, impulsar su desarrollo.
Definidas estas bases, viene un elemento muchas veces subestimado: la cohesión. Sin cohesión no hay desempeño. Aparecen fricciones, se ralentiza la ejecución y se deteriora el ánimo. Patrick Lencioni lo plantea con claridad: sin confianza no hay conflicto sano, sin conflicto no hay compromiso, y sin compromiso no hay resultados.
¿Cómo construir cohesión a nivel país? No con discursos, sino con espacios reales de conversación entre líderes, donde se conozcan más allá de sus cargos: su historia, sus motivaciones, sus límites. A eso se suma la definición de mínimos comunes: valores compartidos y un propósito país que trascienda gobiernos.
Sobre esa base, construiría una estrategia país con un equipo diverso, convocado por el Presidente, representativo de la sociedad. Con ellos definiríamos una meta audaz a 30 años —una BHAG, en términos de Jim Collins— capaz de movilizar al país completo.
Luego, aterrizaríamos esa ambición en una meta concreta a 5 años y en pocos pilares estratégicos (no más de cinco) que realmente muevan la aguja. Cada pilar con un responsable claro. Porque lo que es de todos, no es de nadie.
Después vendría la ejecución: plan anual, foco en los próximos 90 días y un ritmo de reuniones disciplinado. Aquí es donde muchos fallan. Sin cadencia, no hay seguimiento; sin seguimiento, no hay avance. Verne Harnish lo resume bien: la ejecución es ritmo.
Finalmente, el gran desafío: comunicar y sobrecomunicar. No basta con tener un buen plan; hay que hacerlo propio en todos los niveles. Escuchar, iterar, ajustar. Escalar no es lineal, es iterativo.
Si perseveramos en ese ciclo —diagnóstico, claridad de roles, cohesión, estrategia, ejecución y comunicación— es posible que el país encuentre una versión cada vez más sólida de sí mismo.
Porque, al final, escalar no es crecer más. Es crecer mejor, con foco, alineamiento y propósito compartido.
Viva Chile.
Alfonso Mujica
Founder Coach de Scaling